El Blog de Ignacio Cosidó

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16 marzo, 2018

La España que resiste

La pasada semana he recorrido con la Comisión de Demografía del Senado algunas de las comarcas con menor densidad de población de España: La Sierra de Cuenca, Gudar-Javalambre en Teruel o la zona de Tiermes en Soria. En realidad no son muy diferentes a la Montaña Palentina, el Cerrato o la Tierra de Campos que he pateado tantas veces en mi propia provincia. Es la España profunda, la España vacía, la España despoblada, la España Interior y tantas otras denominaciones como se utilizan para describirla. Es la España que resiste pero que si no hacemos nada está abocada a la extinción.

No caeré en el tópico de la belleza de los paisajes, porque no sé que sobrecoge más, si lo espectacular de su naturaleza o el vacío de vida humana. Pero a los muchos apelativos para definir a esta España rural hay que sumar en muchos casos el de la España desconocida. En cualquier punto de este país se encuentra un patrimonio natural o una joya artística que te enamora y cuanto más conoces más aprendes a amar a esta España inmensa y diversa. Poner en valor ese inmenso patrimonio natural y cultural es sin duda uno de los desafíos para esquivar la desaparición.

Menos de millón y medio de ciudadanos viven hoy en los casi cinco mil municipios españoles que no pasan de los mil habitantes. Apenas 75 mil españoles resisten en los 1.286 pueblos que no llegan a los cien vecinos. Cada año son menos los habitantes y más los pueblos que se encuentran en peligro de extinción. El declive de población en el mundo rural parece imparable, viene de un siglo atrás y es además casi universal.

La pregunta es si es posible invertir esta tendencia o debemos resignarnos a la muerte lenta del mundo rural. La respuesta depende de la España que queramos. Un país donde toda la población se concentre en reducido número de macro ciudades, convirtiendo el 90% del territorio en una gran y desierta reserva natural, o un país donde la población se distribuya de forma más equilibrada. A los que apuesten por la primera opción quiero advertirles del coste para el medio ambiente, para la preservación de nuestro patrimonio cultural, para la gestión de nuestros recursos naturales, para la seguridad y para el desarrollo económico y social del país puede ser inasumible. Pero sino queremos que ese mundo rural desaparezca tenemos que ponernos en marcha y cuanto antes.

Permítanme poner alguna nota de optimismo en un panorama que se pinta en muchos casos desolador. Primero, en los encuentros con alcaldes, agricultores, pequeños empresarios o vecinos de estos pueblos he visto una voluntad clara de subsistir, de luchar y de reivindicar. Salvo contadas excepciones no he percibido la resignación de quien se ve desahuciado. El problema es que ellos solos no pueden afrontar un reto de esta dimensión.

En segundo término, entre todas las fuerzas políticas percibo un amplio consenso sobre la necesidad de equilibrar la distribución de la población en el territorio. La cuestión ahora es si seremos capaces de ponernos de acuerdo en la estrategia que debemos seguir para luchar contra el fenómeno de la despoblación. Evitar la demagogia y la lucha partidaria en esta cuestión no solo es una demanda que nos hacen desde el mundo rural, sino un requisito imprescindible si queremos tener éxito en políticas que necesariamente solo puede planificarse y ejecutarse a largo plazo.

En tercer lugar, hay una creciente conciencia social sobre la gravedad del problema. El reto demográfico no solo ha entrado con fuerza en la agenda política con el compromiso de elaborar una Estrategia Nacional en la Conferencia de Presidentes, la creación de una Comisionada en el Gobierno o una Comisión especial en el Senado, sino que ha calado en la sociedad. Son varias las asociaciones empresariales que han tomados la iniciativa como la creación de la red de Áreas Espacialmente Despobladas del Sur de Europa o el reciente informe sobre demografía de CEIM que prestan atención a este tema. La Federación Española de Municipios ha puesto también en marcha una Comisión sobre el tema y varias comunidades autónomas diseñan planes específicos. También los medios de comunicación prestan creciente atención a este desafío. Esta alianza de todas las administraciones con la sociedad civil es fundamental para poder abordar un reto de esta dimensión.

Lo más importante es comprender que la despoblación no es solo un problema de la España rural sino que es un reto para toda España. Tenemos que cambiar la mentalidad imperante en muchos pueblos en el que el éxito era huir a la ciudad y el fracaso quedarse en el pueblo. Tenemos también que cambiar la mentalidad urbana que ve en el mundo rural una gran reserva de donde extraer los recursos naturales que necesita, descansar los fines de semana y depositar las actividades o los residuos que no les gustan, y todo ello al menor coste posible.

Pero no basta con un mero cambio de mentalidad. Necesitamos acciones urgentes que permitan el desarrollo de iniciativas que generen empleo y riqueza en nuestros pueblos, necesitamos cambiar criterios de financiación de servicios públicos que no solo incluyan la población sin entender los sobrecostes de la dispersión y que esos servicios son especialmente vitales en las zonas despobladas y necesitamos una legislación específica que entienda que vivir en un pueblo con cien habitantes no es lo mismo que vivir en una ciudad de varios millones.

El mundo rural está cansado de palabras y buenas intenciones y necesita hechos. Un gran pacto ante el reto demográfico sería un primer paso imprescindible para abordar el desafío de la despoblación en nuestros pueblos. Es crucial implicar a la Unión Europea en este gran objetivo común. Se lo debemos a esos miles de vecinos que resisten pegados al terreno por el bien de todos. Salvar a esa España vacía es vital para el futuro de toda España. Y vamos con retraso en la tarea.